viernes, 17 de mayo de 2013

Iruya- Salta


"Este lugar desaparece”, pensé.
Desaparece cuando las nubes bajan y queda así, entre montañas y ese cielo... 
Así nos recibió, tan mágica, con sus callecitas de piedra.
Tranquilidad, aire, río.

Con gran razón de ser la mejor opción, se propone un hostel en donde, desde su terracita, se lo escuchaba correr.
La oveja vecina cada tanto pegaba algunos gritos.


Desde la iglesia, miramos hacia arriba, había que subir unas cuadras. 
Dos veces... un resbalón, otro, un poco de falta de aire y llegamos.
Allí, dos maravillosos días.
Ese cuarto grande para nosotras solas y una ventana...
El sol calentaba el suelo de ese balconcito que salía debajo de ella.
Éste es el lugar para pensar (me), me dije.

Cada vez la gente se iba tornando más paciente, quizás así me sentía yo.
Familias que abrían el comedor de su casa para que sea de todos un poco.
Par de mesas, sillitas, un infaltable televisor con novelas de fondo.
Se comía bien.
Y cada vez que te ibas de alguno te llevabas algo: historias, nuevos personajes de viaje, algún diálogo compartido al pasar.

"Inmensidad, amiga", decía cada vez que el brillo de cada estrella me llamaba a recorrerlas, tan cerca. 

Nati se quedaba fumando un cigarrillo en el frío...

Cuando el sol pegó nuevamente y casi yéndonos, un reencuentro encaró otro nuevo viaje.

Pasando por Iruya






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